23.6.17

Hoy voy a hablar un poco de la que probablemente sea la faceta más divertida del MIR. Siempre que se vea desde fuera, claro. Desde vuestra posición de lectores. Sin embargo, cuando eres el opositor-blogger-Slytherin que lo sufre en sus carnes y lo escribe aquí como si fuera divertido… Bueno, al grano. El título de esta entrada es: Brotar.

Es gracioso, os lo juro. Os lo juro que sí.

Pero este hilarante tema no va aislado, sino que forma parte de un todo en que el opositor estudia ocho horas diarias, se frustra porque su concentración no dura tanto tiempo, y entonces toma anfetaminas, y se frustra porque no tiene amigos, y se frustra porque no tiene vida. Es verdaderamente desesperante. De este estado mental sale lo que comúnmente se denomina como El Brote, y que consiste en que hoy día veintitrés de junio mi madre me ha dicho que se iba de cañas con sus amigos y yo he recordado a ese hombre de cincuenta y tantos, casado, que conocí hace año y medio en su fiesta de cumpleaños (su = la de mi madre) y que me pareció tan interesante y que tenía algo, ALGO, ¡ALGO! Tenía ese algo que casi nadie tiene y total que le he preguntado a mi madre si iba a ir el susodicho y ha dicho que sí, ante lo cual me ha faltado tiempo para cerrar y tirar a la basura el libro de Nefrología para acoplarme al planazo.

Bien. Hasta aquí, lo considero un grado de locura aceptable. Sobre todo en el contexto MIR, en el que aumenta el nivel de tolerancia de la locura (uno de los lemas que formaban parte de mi leitmotiv el año pasado era: el fin justifica los medios; es decir, que si se te pira la puta pinza quemando contenedores a la salida de cada simulacro pero finalmente sacas tu plaza el día del MIR, pues ENHORABUENA).

Este grado de locura tolerable (tolerable no por la sociedad, no por tus amigos ni por tu familia; tolerable por el opositor) dura más o menos hasta el día en el que empieza la tercera vuelta. Es decir noviembre. Ahí ya… sálvese quien pueda. Y salvarte te vas a salvar, y al final sacarás tu plaza. Así que cojonudo. ¿Dónde está el problema?

Pues os diré dónde.

Cuando el nivel de locura entra dentro de lo razonable, la situación es: vale, me pone el amigo de mi madre, no problema, tranquilidad. Cuando el nivel de locura excede mi capacidad de auto-tolerancia conmigo misma, la situación se convierte en: ostras en serio le estoy mirando los labios al amigo de mi madre? Ostras en serio me pone DE VERDAD y no sólo de broma? Ostras tú tú tú… Qué calor hace en este bar, no? Ostras cómo DUELEN las hormonas, no? ¡Cómo me queman la sangre!

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