13.10.16

Otra tarde en CTO. Otro martes más. O miércoles. O jueves, qué más da. La clase está abarrotada, hay quien comienza a suspirar. El hijo de puta de Abel le ha quitado el sitio a Jose, fruto de la envidia. O de la competitividad. O del odio, qué más da.

El profesor mesa lentamente sus barbas. Dirige los ojos hacia las cuchicheadoras del grupo Mac. Tose. Manda callar, hastiado.

¿Quién está más HASTIADO? ¿Él o nosotros? “Bueno, por lo menos a él le pagan”… mira por favor, quien piense eso no es más que un triste iluso porque este hombre que está de pie frente a nosotros, chistando, tosiendo, mandando callar, este doktor del prestigioso Hospital Gregorio Marañón, este doktor que fue el número 1 en su MIR y ke por eso le ha kogido ce-te-o para sus clases magistrales de Microbiología, ¡este doctor con sus títulos y sus medallas…! podría hacer con su vida lo que le diera la gana, pero por desgracia su ambición supera con creces a su talento, y tiene que estar aquí soportando los murmullos de las niñatas del fondo. Asumiendo… rebuscando… renegando de su tiempo.

Así que sí. Él está más hastiado que nosotros. Pero sólo de momento. En cuanto el hijo de puta de Abel y el resto de mis compañeros hijos de puta saquen su ansiada plaza, comenzará su vorágine de hastío, de hacerse también profesores de CTO si pueden, de comprarse un coche si pueden (bueno, eso sí que podrán. Si total… no creo que se les ocurran muchas otras formas de invertir su sueldo de médikos. O casa o coche, por ahí andará la cosa).

Más allá de estas paredes fallidamente pintadas del color de la esperanza (oh CTO qué gran idea quisiste tener) cae la noche un martes más. O miércoles, o jueves, qué más da. Pero el caso es que hoy ya no aguanto hasta el final de la clase, estoy harta de terminar todos los días a las diez de la noche, llegar a casa a las once, y al día siguiente otra vez, y resulta que… bueno… debe de ser que hoy martes o miércoles o juevesquémásda estoy particularmente cansada y no aguanto, no aguanto hasta el final de la clase, ni siquiera puedo ya atender, no entiendo el esquema que ha dibujado el doktor en la pizarra y el hijo de puta de Abel clava su codo en mi codo en una absurda lucha por ganar un milímetro más de espacio (la clase sigue tan abarrotada como hace seis horas ¿qué pretendes conseguir? ¿qué más quieres de mí? deja tu codo en su espacio correspondiente o te haré una derivación ventriculoperitoneal con mi boli bic), no aguanto, no aguanto, no aguanto y aun así me quedo hasta que suena el timbre. Y es entonces cuando comienza la estampida. Nadie cede el paso, nadie espera a que los demás salgan, nadie y mucho menos el hijo de puta el CABRÓN de Abel, que arrasa (y arrasará) con quien se cruce en su camino.

Yo siempre soy la última en salir. Por dos motivos: uno, mi lentitud intencionada y tocapelotas me parece magnífica, es como si… como si me regodeara en mi parsimonia, lo disfruto de veras, casi hasta tengo que pensar los movimientos que he de llevar a cabo para recoger los libros y llegar al metro. Pero el segundo motivo tiene mucho más peso que este. El segundo motivo me lo ha contagiado Jose y es la pereza absoluta de que me toque en el mismo vagón que alguna de estas ovejas ciegas, burros con orejeras, ambiciosos hijos de… (bueno, no; prefiero reservar ese insulto sólo para el hijo de puta de Abel). Qué más me da a mí coger el metro diez minutos antes o diez minutos después si, además de librarme de la mugre, sé que de todas formas jamás conseguiría llegar antes de las once a casa, y puede que por el camino tenga la oportunidad de dejar de pensar en el MIR aunque sólo sea durante unos minutos, y así darme cuenta de que la luna se está elevando poco a poco por detrás de los enormes bloques de hormigón… y la silueta de un avión. La silueta diminuta de un avión parte el cielo, dejando un río pálido, infinito, de gases rojos, que lentamente se disgregan. Vuelve a quedar la luna sola. Y yo me marcho a casa.