“A ver, la estudiante”

Miles de palomas blancas quieren a mis manos volver. En las sesiones de TCA me reconcilio con la vida y, una vez renovada mi naturaleza, sé lo que debo hacer ante tanto sufrimiento. Los pacientes dejarán de ser un ruido molesto y tedioso, y podré distinguir sus rostros, y los rasgos que los diferencian a unos de otros. Esa, al menos, es la esperanza. Pero el gozo debe aún posponerse, pues sucede, a menudo, que el personaje alado de mi tutor salta de nube en nube y me asegura que es el guardián de los confines del Universo; sin embargo, sé que está más preocupado en que yo admire su habilidad para volar que en hacerme comprender esa plenitud inabarcable. Me hundo entonces en mi rincón miserable. Regreso a mi rol de estudiante, como antes. He perdido la fe en que guía alguno consiga conducirme hasta mi destino.

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4 comments

  1. Ánonimo · marzo 11, 2016

    – Buenos días, doctor, ¿tiene un momento? Necesito hablar con usted. Llevo unas cuantas sesiones percibiendo cierta distancia entre usted y yo en las terapias y me siento molesta, ya que no sé a qué se debe. A mí, por razones que no vienen al caso, me obsesiona todo aquello que no está definido. Para mí usted, además, es alguien importante, casi un modelo, y me dolería mucho sentir que estoy haciendo las cosas mal. Me llamo Fulgencia, creo que lo sabe. Llevo viniendo aquí 16 mañanas.

    -Fulgencia, sí, sé quién eres. En cualquier caso, ¿quién te crees que soy yo y a qué crees que me dedico? Pregunto esto para que no hagas otra cosa que tutearme. Nuestro oficio sin el tú no existe. El tú es metafísico en nuestro caso. ¿Cómo crees, si no, que nos ganamos la confianza de los pacientes? Y no…, por favor no me digas eso que algunos “profesionales” dicen de que el tú en nuestro caso es algo funcional, un pragmático tú, fuente de cordialidad y falso apego: no. Yo vivo el tú con cada una de estas personas, lo encarno y lo vivo hasta el final, con todas sus consecuencias, ¿entiendes? ¿Acaso te has fijado en sus ojos? ¿Alguna vez te has fijado de verdad en sus ojos y en sus gestos? ¿No te dicen, acaso, algo diferente acerca de esta vida? ¿Algo que, un enamorado, por ejemplo, determinaría como “profundidad”? Un enamorado o un barrendero, vaya. Yo no duermo solo, Fulgencia, mi casa está llena de personas con las que trato durante el día. Y no son fantasmas. Son casi flores, algunas de sombra y otras de luz.

    – Ahora que lo dices -te tuteo entonces-: sí. Ese mundo que ellos viven me afecta de un modo muy especial. Algunas veces me siento muy cerca de ellos y sólo quiero conocer, conocer y sentirme útil pero, a decir verdad, otras veces me obsesiona el fondo estructural de eso que viven y tampoco sé bien cómo actuar porque siento que es una lógica ajena a la mía, aunque deseo con todas mis fuerzas saber cómo hacerlo en un futuro no muy lejano. Con lo del tú que dices también estoy de acuerdo. A veces llego a casa sintiéndome culpable justo por eso, porque a veces vivo las sesiones como si estuviera en un espectáculo y sólo pudiera contemplarlo desde fuera, el ticket del show en mi pantalón, y así.

    – Es muy positivo que seas sincera en este proceso de formación que estás viviendo, y que trates de humanizar algo que, te doy toda la razón, muchas veces parece algo intocable, un gigante e increíble torno de arcilla donde nuestras manos no tienen ningún papel más que el de estar apoyadas en nuestras rodillas mientras el torno gira, impertérrito. A mí, por ejemplo, me hizo psiquiatra mi madre. Ella tenía problemas muy graves y, por mucho que yo tratara de hacerla entrar en razón sobre ciertas cosas, casi siempre me era imposible. A través del ingenio, la constancia y la inteligencia empecé a sentir ciertas conquistas día a día con tal de ayudarla, y mi madre, que llegó a ser un gran muro o, directamente, Babel, pasó a sentirse vulnerable y a asumir ciertos problemas que nunca antes se había propuesto atajar, muy en parte gracias a mí. Por supuesto la medicación juega un papel determinante, pero eso al fin y al cabo son manuales, memoria, ética y algo de suerte y estadística, pero eso podría aprenderlo hasta un monarca. ¿Qué hace que tú quieras ser psiquiatra, Fulgencia?

    – Me gustaría poder responderte a eso con una respuesta tajante y clara, pero aún no la tengo. Lo que sí tengo, en cambio, son muchas de esas cualidades de las que has hablado y una especie de pulso muy grande de que mi vida tiene que ver con esto. Sentirse capaz a través de alguien a veces también puede ser un canto a cierto egoísmo refinado y, pese a que me considere una persona algo narcisista, ni de lejos va por ahí la cosa. De hecho creo que tiene que ver con la idea de ponerme a prueba, hacer justicia con el mundo de alguna manera y ser capaz de sanar, la idea de sanar me obsesiona. Esto que digo de ponerme a prueba también tiene que ver con que esté hablando contigo hoy. Me daba un poco de vergüenza y no sabía cómo podrías reaccionar.

    – A las personas se las gana por el corazón, Fulgencia, nunca te olvides de eso. La inteligencia, otros te dirán, es otra forma de corazón, si no, piensa en Descartes, pero el corazón lo es todo, y más en nuestra profesión, es algo de lo que me he dado cuenta después de muchos años de quebraderos de cabeza. Lo que quiero decir es que este tipo de conversaciones son las que nos acercan, y te doy las gracias por haber venido a hablar conmigo. No es profesional decirte lo que te voy a decir pero desde que entraste aquí no dejo de pensar en la idea de la juventud, ya te diré por qué si vuelves a mi despacho de improviso algún otro día, y por eso en realidad te he estado poniendo un poco a prueba, aunque espero no haber sido demasiado duro. Lo que yo veía que tú veías en mí yo también lo he visto en otras personas en otros momentos de mi vida y, por un momento, quería ser justo con la vida y no seguir jugando a la ruleta de la historia pero ¿qué pasa?: la historia se nos pone siempre delante. Lo mismo pasa con la psiquiatría: es algo que se nos pone delante y no podemos evitarlo pese a saber que nuestras herramientas siempre serán algo abstractas y algo inútiles. Lo que está en juego en este oficio no es otra cosa que la vida, Fulgencia.

    – Pfff, pues me dejas más tranquila, doctor. He hablado de este tema incluso con amigos y me sentía incómoda. Ahora empiezo en traumatología y estos meses aquí han sido muy importantes para lo que quiero hacer de mí. Respecto a lo del corazón, me quedo con ello. Lo tomaré como un consejo “avanzado”.

    – Tengo que seguir trabajando, Fulgencia.

    – Por supuesto, doctor. Y gracias por todo. ¿Cierro la puerta?

    – No va a cambiar nada que la cierres o no. Ya te he dicho antes que en esta profesión nunca estamos solos.

    – Me da un poco de vértigo pensar así, la verdad.

    – No tienes que tener miedo, eso nunca. El hecho de que hayas elegido ser psiquiatra ya dice mucho de tu sentido del miedo, aunque aún no te hayas dado cuenta. Y del coraje. De tu sentido del coraje.

    – La próxima semana vendré más entera, sabiendo que todo está bien.

    – Aprende a cuidar de ti misma y lee a Platón.

    – Gracias una vez más, doctor.

    -Buenos días, Fulgencia.

    -Buenos días, doctor.

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  2. Pingback: 12.3.16 |
  3. Iván · noviembre 11, 2016

    Como estás Claudia? Bonito blog y gran contenido. Es admirable la forma en como compartes tu verdad más profunda y desnuda, Muy grata sorpresa. Me gusta. Soy el chico del taxi. Un saludo

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