Léolo

Porque sueño, no estoy muerta.
Porque sueño, no lo estoy.
Porque sueño, sueño.
Porque me abandono por la noche a mis sueños, antes de que me deje el día.
Porque no amo.
Porque me asusta amar, ya no sueño.
Ya no sueño.
Ya no sueño, ya no sueño.

Anuncios

AdoptaUnTío. Y otro. Y otro.

¡Y otro más!

Hace tres días reabrí mi cuenta de AdoptaUnTío. Ayer la volví a cerrar. Y entre medias hubo una cita.

Qué dañino puede llegar a ser tener demasiado tiempo libre. Llevo desde el miércoles sin pegar palo al agua porque en la academia del MIR nos recomendaron tomarnos un descanso del 24 al 27. Para mí ha sido devastador; algo así como: tienes cuatro días para desconectar del MIR así que DATE PRISA, PÁSATELO BIEN. ¿Eres feliz? ¿Todavía no? Joder pues no sé a qué esperas, ya sólo te quedan tres días. Dos días. Ningún día.

Al salir de la última clase antes de las vacaciones, nos fuimos de cañas y un chaval empezó a bromear diciendo que la carencia de sexo estaba afectando a su rendimiento en el MIR. Acto seguido sacó Tinder y nos pusimos a mirar perfiles. Y no sé, momentáneamente olvidé los motivos por los que desactivé mi cuenta de AdoptaUnTío.

Con mi habitual falta de paciencia para el mundo virtual, tardé menos de un día en quedar con el primero que me pareció medianamente guapo y medianamente majo. Mientras me arreglaba para la súper cita, empecé a sentir los míticos nervios, ¡sí! ¡Los míticos nervios, qué guayyy! ¡Oh Dios mío, qué guay, me estoy poniendo nerviosa por una cita, ya se me había olvidado esta sensación!

Pero no. El chico era pintor, pero no. El chico hablaba de Rayuela, pero no. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en mitad del patio.

Intenté que me gustara lo suficiente como para echar un polvo. Al fin y al cabo eso era lo único que yo buscaba. Un polvo. Un polvo. ¡Un polvo! ¿Por qué me está costando tanto encontrar un maldito polvo? No es tan complicado. No era tan complicado. ¡Con lo que yo he sido! Quizá algunos recordéis mi célebre relato titulado Pasajeros al tren de la carne. Lo publiqué aquí hace año y medio. Tuve que borrarlo porque uno de los protagonistas se cabreó (hola, César).

Y no es que ahora me haya convertido en un trrronco sinnn sentimientosss, como diría Berto imitando a Freud. Desde hace cuatro meses sí que he conseguido tener interés por acostarme con un chico. Me hace gracia… ¿De verdad estamos ya a finales de diciembre y en todo este tiempo sólo he podido tener la genial idea de fijarme en mi profesor del club de escritores? Y ayer os juro que lo intenté. Pensé: venga, para un polvo no necesitas mucho más que lo que tienes ahora mismo delante. Pero no. Pagamos la cuenta, le di dos besos y me marché.

 

El inalcanzable término medio.

Hoy necesito escribir acerca de un tema complejo. Llevo un rato pensando en cómo hacerlo pero no he encontrado el modo, así que tengo que empezar haciendo esta mierda de introducción, para disculparme (ante vosotros y ante mí misma, el juez más estricto) porque esta entrada no va a quedar todo lo pulida que me gustaría.

Pero es o esto o nada, y necesito dejarlo escrito (no sé si para un futuro, o para que no se pierda esta sensación, o para qué).

Comencemos. Hoy en las prácticas de Medicina Interna he tenido una conversación con mi tutor (un gran médico) que me ha puesto la cabeza del revés. Me ha hecho pensar en cosas que nunca antes me había planteado. O bueno, mejor dicho, me ha dejado pensar en cosas como él las piensa. Le acabo de mandar un e-mail dándole las gracias jajaja cuando lo lea pensará que estoy loca, pero yo que sé, necesitaba que él supiera que le estoy agradecida. De todos los tutores que he tenido en la carrera (y cada año rotamos en desde cuatro hasta ocho servicios distintos, así que haced cálculos) ninguno me ha hablado tan abiertamente.

En esta rotación nos han puesto a tres alumnos con tres médicos que trabajan en grupo: cada uno ve a sus pacientes pero después los comentan entre ellos, porque en Medicina Interna los casos suelen ser difíciles. El primer día que entramos los tres alumnos en la sala de reuniones para presentarnos y enterarnos de quién era el tutor de cada uno, los tutores estuvieron hablando un rato con nosotros explicándonos los criterios de evaluación. Yo no estaba muy atenta a lo que decían, más bien observaba cómo se comportaban. Recuerdo que, cuando pusieron a cada uno con su tutor, pensé: mierda, me ha tocado al más pringado.

Sí. Tenía pinta de pringado. De rarito. Pero bueno, siempre hay que buscarle el lado positivo a las cosas, ¿verdad? Yo lo hice. Pensé: bueno, es el más pringado, pero por lo menos me podré escaquear; si me hubiera tocado con uno estricto tendría que trabajar demasiado.

A las dos semanas, me dio un toque de atención. Dijo que a él le gustaba ponerle a sus alumnos un diez en la nota de prácticas, y que si no me “integraba más en el servicio” se vería obligado a ponerme un ocho. Y claro, me jodió. Pensaréis que un ocho no es tan mala nota pero yo que sé, a mí me fastidiaba, porque la nota en las prácticas es lo que más te sube la media del expediente (casi todos los médicos te ponen directamente un diez aunque no pises el hospital y te quedes en tu casa durmiendo; de hecho incluso lo prefieren: así se libran de ti).

Así que bueno, decidí esforzarme. Y, quién lo iba a decir, me gustó hacerlo.

Es genial comprobar que todavía tienes la capacidad de sorprenderte a ti mismo. De pronto dejó de importarme tener que despertarme todos los días a las siete menos cuarto. Me levantaba, iba a la sesión clínica (nunca había ido, nunca; en toda la carrera) me enteraba de lo que les pasaba a los pacientes, y después teníamos media hora para desayunar, y era guay ver a los tres adjuntos hablando de que si Podemos o Ciudadanos. Mis dos compañeros, por cierto, no iban a las sesiones. Al final resultó que el médico que parecía más apocadito era el exigente, y a los otros dos les daba igual todo.

En fin. Una vez hecha esta indroducción bíblica… jajaja. Hablemos de lo interesante (si es que lo es, que no lo sé).

Ayer mi tutor me preguntó acerca de mis aficiones y le conté que disfrutaba mucho escribiendo. Me pidió que le enviara algo, y cuando lo hice me contestó diciendo que lo había leído; sin añadir nada más. Y hoy es cuando ha tenido lugar la conversación mítica.

Primera cosa a destacar: es el primer internista que no me intenta convencer de que haga Medicina Interna jaja dice que Psiquiatría le parece buena opción para mí. Yo nunca había pensado de esa manera en el significado de las especialidades médicas. Me ha dicho que las diferentes especialidades significan diferentes formas de estructura del pensamiento, y que lo que varía es el camino por el que llegas a un diagnóstico y después al tratamiento. Me ha explicado lo que él considera que es tener “pensamiento/mente de internista”, “pensamiento/mente de traumatólogo”, etcétera.

Segunda cosa a destacar: hoy, de nueve a diez de la mañana hemos tenido que pasar la consulta de uno de sus dos compañeros, porque estaba de vacaciones. Ese médico sólo había citado hoy a dos pacientes para que los revisara mi médico, en plan favor. El primer paciente era un EPOC (enfermedad pulmonar) que en la entrevista ha dicho que no fuma mucho, solamente un paquete diario. La segunda paciente era una ancianita adorable que venía en una silla de ruedas empujada por su marido (oh, qué romántico).

Al terminar, nos hemos quedado sentados en la consulta hablando durante casi una hora acerca de esas dos entrevistas. No penséis que somos unos putos vagos que nos escaqueamos del trabajo, es decir, no penséis lo que yo estaba pensando desde las diez hasta las once de la mañana sintiéndome culpable.

Me ha pedido que le describiera cómo han sido las entrevistas. Después, me ha dicho que le describiera los errores que él había cometido. Le he argumentado mi opinión y, en serio, su reacción a mi “crítica” ha sido puuuto increíble. Ha sido como… Yo que sé… Como estar hablando de Metafísica o algo así. Metamedicina. Me ha contado que no ha podido evitar que el primer paciente le cayera bien y la segunda no tanto (no expresado con estas palabras, pero os hacéis una idea) y que por eso le había salido peor la segunda entrevista que la primera. Todo esto explicándome detalladamente los motivos.

Dado que me ha seguido preguntando de manera muy incisiva, le he terminado confesando que a mí el que me había “caído peor” era el primer enfermo, porque todos los pacientes fumadores me generan rechazo de entrada. Y él me ha dicho algo que nunca antes había pensado, y es que a él también le resultaba tentador juzgar a los pacientes fumadores (o bebedores, o drogadictos, o lo que sea) y culpabilizarles de su enfermedad, como si ellos la hubieran buscado a propósito; pero que no lo hacía porque era imposible saber cuáles eran sus circunstancias vitales, qué era lo que les llevaba a consumir tóxicos, y si no habría detrás de ello un sentimiento de angustia que se aliviaba momentáneamente al fumar un cigarrillo.

Esto hila con otra conversación que tuve hace poco con un futuro psiquiatra: mi compañero de clase Álvaro, que me “echó la bronca” porque decía que era demasiado dura con las personas, que un médico no puede tener esa falta de empatía, y que debía intentar cambiarlo. He pensado mucho acerca de ello. Mucho. Y lo cierto es que, cuando consigo tener compasión por la gente que “hace las cosas mal” (mal según un baremo que yo establezco irracionalmente) me siento mejor conmigo misma, porque claro, la primera y más grave consecuencia de “no perdonar los errores de las personas” es que a la primera que no perdono es a mí misma, y con la persona que más dura y radical soy es conmigo misma. Ojo, no confundamos esto que estoy contando con infelicidad o lo que sea, porque yo no soy infeliz, pero sí que es cierto que soy muy estricta y me doy pocos momentos de paz.

Hubo una frase en concreto que me gustó de todo lo que me dijo Álvaro: “yo pienso que cada persona hace lo que puede“. Yo le contesté que si hacían lo que podían y eso no satisfacía un mínimo de exigencia (de nuevo, dentro de mi baremo), quería decir que no hacían todo lo que podían, que debían esforzarse más. Algo así como que cada persona tiene un potencial determinado (y yo creo, irracionalmente, que ese potencial es enorme) no merece que yo sienta compasión porque les vayan mal las cosas. Me cuesta mucho salir de ese hilo de pensamiento, y de hecho cuando conozco a personas bondadosas las admiro porque soy consciente de que a mí me cuesta mucho serlo. El más claro ejemplo de esta admiración son mi madre y mi hermano Germán (mi hermano Antonio no jajaja él es como yo, el pobre, y no digamos mi padre). Es como que… No sé… A veces dicen cosas que pueden parecer irrelevantes pero dejan ver fugazmente que tienen un gran corazón, un corazón infinito, y que son buenos, y es entonces cuando me permito un momento de paz, uno de esos momentos que me autoadministro con cuentagotas, no vaya a ser que me sienta confortable durante un tiempo excesivamente largo y desperdicie mi supuesto potencial.

20D: nihilismo electoral

En compensación por mis dieciséis días de ausencia en este blog (perdonadme, estaba ocupada escribiendo relatos estrambóticos para tratar de ligarme a mi profesor del club de escritores, cosa que por cierto ha funcionado a medias -mañana espero desterrar mi sospecha de que es gay; con que sea bisexual me conformo-) voy a deciros a quién voy a votar este domingo. Porque el voto es secreto, ya sabéis, y este blog está para contar secretos. Es curioso que al club de escritores siempre lleve textos de ficción y sea aquí donde cuente mi vida, cuando es precisamente este blog lo que más gente lee (en el club me lee el profesor y como quiera que se llamen mis compañeros; ¿cuántos son, por cierto?).

Bueno, que me enrollo, y ya sé que ahora mismo lo que más os urge es saber si soy de derechas o de izquierdas. ¡Encasilladme, que sí se puede!

Ah, por cierto, las prácticas en Medicina Interna me están encantando. Pero no se lo digáis a mi padre porque entonces va a tener por primera vez un argumento sólido en sus campañas anti-psiquiatría.

Venga ahora sí. Al grano.

Por cierto, este viernes los estudiantes desviados de Medicina vamos a salir de fiesta por Chueca, en una quedada que ya fue bautizada hace unas semanas como “Maricacina” y que tuvo bastante éxito en su primera convocatoria. Así que ¿quién se apunta a la segunda? Admitimos a estudiantes de ADE también, no somos racistas. Pero no admitimos a heterosexuales. Porque el liberalismo tiene límites. ¿O es que os pensáis que somos votantes de Podemos? Yo no digo que Pablo Iglesias no me ponga, pero de ahí a votarle… no me jodas.

Venga al grano. ¿Alguien sigue leyendo? ¿Sí? Pues tendréis vuestra recompensa.

Básicamente estoy entre dos opciones. Podemos y Ciudadanos. También podría ser PP y PSOE. O Podemos y PSOE. O Ciudadanos y PP. Pero eso complicaría las cosas, así que mejor reduzcamos la duda a Podemos y Ciudadanos (buf, sólo de pensarlo me agoto). AH, POR CIERTO el otro día fui a un mitin de VOX en Aranda de Duero (true story eh, ya sabéis que en mi blog nunca miento, para eso ya está el club de escritores; y si no os lo creéis preguntádselo a la novia de mi padre, ¡hola Rosa!).

Tras mucho devanarme los sesos (un día decidía que a Podemos, y al siguiente que a Ciudadanos) he llegado a un acuerdo con mi hermano Germán, según el cual iremos juntos a votar, y echaremos una moneda al aire que nos dirá a quién de los dos le toca Podemos. El otro votará a Ciudadanos. Esto en terminología medicinística probabilística se denomina ensayo clínico aleatorizado simple ciego: ninguno de los dos sabrá si está tomando fármaco o placebo.

Moraleja: lo más útil que puedo hacer ahora mismo por España es estudiar el MIR como una desgraciada. Y, cuando haya conseguido mi plaza de psiquiatra (que no me la van a dar ni Ciudadanos ni Podemos) ejercer mi profesión de médico en un hospital público, espero.

Quiero lo mejor para España, claro que sí. Así que: ¡a estudiar!