Santísimo Cristo de los Alabarderos.

Prometí a mis amigos una entrada sobre esta procesión de Semana Santa. Así que simbólicamente la usaré como título y pasaré a escribir acerca de lo verdaderamente importante… ¡Ellos!

¿Quiénes son ellos?

En el puesto número veinticinco tenemos a Guille y su cara de espídico cuando le obligan a entrar en un garito rockero. “Niñooo ponme un poco de bakalaete”.

En el puesto número catorce está su esposa Laura, con un escote tan bonito que no pude evitar preguntarle si está operada. Y no lo está, me lo dijo y me lo demostró.

En el puesto número catorce coma cinco se sitúa Miguel, fiel defensor de la libertad de expresión, aun al precio de ser multado por mear en la plaza de Tribunal. Es curioso que le sancionaran por eso y no por decir que Almudena Grandes es una buena escritora.

En el puesto número catorce coma cincuentayuno hay un cascabel llamado Gonzalo. ¿Os suena? Es el artífice de una de las anécdotas más bizarras de El Triángulo en Bermudas: le practicó una felación al del puesto número catorce coma cinco delante del resto de pasajeros que viajábamos en ese coche. Y después nos dejó tirados en Barajas. Maletas incluidas.

En un puesto al que no sé ni cómo numerar está Marcos. “Tú tienes cara de do sostenido”, le dijeron en la cola del Ruso. Limpiagafas sin causa.

On the other hand, tenemos a la notas de Anabella. Ayer quedamos para patinar y apareció con los patines de cuando éramos pequeñas. Cuando los sacó de la mochila, se dio cuenta de que le ha crecido el pie (no jodas, ¿en serio? ¿los pies crecen?) y de que no le valían, pero aún así se los puso y se dedicó a hostiarse por Madrid Río.

Seguimos con las menciones y aquí aparece mi ángel de la guarda, que se llama Cristina y que me quiere y vela por mi alma. (Cris, no olvides aquella tarde en Caramuel, te lo dije todo).

No, a mí tampoco me sorprende que haya dejado para el final a Dragoncito. Ya no sé qué más puedo contarte Luisma, si dentro de mi cerebro vives tú y lo sabes todo. Eres la luz de doce mil estrellas.

Mi familia es el podio, el pedestal de oro macizo. Por eso he reservado para el final de los finales a mis hermanos. Creo que… No sé… Que es imposible que yo tenga esos genes, mis hermanos me parecen tan increíbles que pienso que yo heredé los cromosomas defectuosos.

Dijo Freud que sus padres le dieron la vida, pero que esa vida le pertenecía a él. Por eso a papá le digo que no se preocupe, que me estoy replanteando lo de escoger Psiquiatría. Todavía está a tiempo de henchir su pecho de orgullo diciendo que su hija es cirujana (venga Clau, no te lo crees ni tú lo que estás diciendo). A mamá le digo que… Bueno, mejor se lo cuento ahora cuando se despierte. A las cuatro de la mañana va a sonar su alarma para llevarme al aeropuerto.

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