Vyprážané tučniaky.

Image and video hosting by TinyPic

Hoy, al constatar que ya estamos a finales de marzo, nos ha dado a todos por pensar que el fin del Erasmus se acerca. (¡Pues anda que no queda todavía! Calma, por favor).

A ver qué os parece esta reflexión (voy a probar si viéndola escrita cobra sentido). Lo peculiar de este año es que todos nos lo habíamos imaginado de una manera concreta, esperábamos tener ciertas sensaciones o cumplir deseos latentes, pero ¡que fascinante! llegas aquí y es totalmente distinto. En septiembre aterrizas y te ves solo, y toda la vida que se va construyendo aquí empieza de cero, tienes que lidiar con contratiempos que parecen superarte, soportar personalidades con las que no habrías tropezado en España, engordar como un cerdo sin saber muy bien cómo has llegado a ganar cinco kilos en dos meses ni qué diantres harás para adelgazarlos, adaptarte a un clima hostil y a un idioma ininteligible… Pero, ocurra lo que ocurra, siempre te parece una mezcla entre ficticio y maravilloso, eres como un papel en blanco y estás dispuesto a que todo el mundo escriba en ti su historia.

No sé si me estoy explicando bien, probaré con una metáfora. En Madrid tengo mi zona de confort muy bien definida: sé que mi círculo de amigos siempre me va a hacer sentir bien, sé que mis hermanos estarán en el desayuno, en la comida y en la cena, sé que si algo me falla tengo muy a mano a mi madre para pedirle ayuda, es más, sé que ella lleva la casa y hace que todo funcione. Pero en Bratislava la sensación es algo así como estar de pie frente a una ametralladora que te dispara aventuras sin cesar. A pecho descubierto, sin poder (ni querer) esquivar ninguna de las balas.

Ejemplo concreto: hoy sábado, habiendo dormido sólo cuatro horas, me he despertado sin saber a qué dedicaría el día (esperaba, como el fin de semana pasado, ser capaz de quedarme en casa estudiando Pediatría). Pero han irrumpido Valle, Žožo y Laura para llenarlo todo de magia. Siete horas después, en el camino de vuelta a casa, estaba tan cansada que, mirando por la ventanilla, me daba la sensación de estar ahogándome con el polvo de las calles. Que vale que Bratislava no es una ciudad muy limpia, y menos aún si la miras a través de los mugrientos cristales del tranvía, pero sentirme yo parte de esa suciedad no me parece normal. Necesito dormir.

Sin embargo, cada vez que intento decir no a algún plan para quedarme descansando, termino subiéndome por las paredes y sintiendo que los días se me escurren entre los dedos de las manos. Todavía me quedan muchas cosas por hacer, no sé cuáles son, no puedo darles forma ni ponerles nombre, pero sé que tengo que hacerlas y que el momento es ahora.

*La foto no es mía, es de Žožo. Son pingüinos de aceituna, zanahoria y queso eslovaco.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s