Prometheus, Vol. III

¿Quién sino Fernando? ¿Quién iba a ser el único compañero de mi clase dispuesto a prestarme este libro sino Fernando? ¿Quién iba a hacerme ir a buscarlo hasta la puerta de su santa casa en un barrio perdido por el extrarradio del Escorial sino Fernando?

En los seis años que llevo de carrera no me he tirado a ningún estudiante de Medicina. Salvo a él.

Y no por la chorrada esa de “si te follas a alguien de tu clase… en menudo percal te metes… porque le tienes que ver todos los días y…”. No. De hecho es divertido encontrarme con él en las taquillas y bromear acerca de las últimas conquistas. Adivinad quién me habló por primera vez de Adoptauntio. Pues quién va a ser, si aquí estamos tanto para descargar aplicaciones chorra como para hacer contrabando de apuntes, práctica habitual entre los estudiantes de Medicina, pues ayudar al prójimo (tu paciente) sí, pero al prójimo que compite contigo por tu plaza en el MIR… eso ya no. Que vale, no me puedo quejar porque yo sólo me he currado los apuntes de una asignatura, pero todo tercero de Medicina los tuvo. ¿Os acordáis de Farma, queridos? Sí, ¿verdad? Yo también.

En fin, que me lío, que ¡yo he venido aquí a hablar de mi libro, el Prometheus!
Prometheus en mano y pudiendo ya prestar atención a algo que no fuera la adquisición del mismo, miro a Fer de arriba a abajo y le digo: “¿Pero ahora de qué vas, de hipster?”.
“No, de leñador canadiense”. Por la barba lo decía. Menuda barba, macho. ¿Será postiza? Que no Fer, que ya paro, te lo juro. Voy a tratar de escribir el resto de la entrada como para que puedas sentirte orgulloso de ella. Como para que puedas pegar el enlace en tu perfil de Adoptauntio, en plan carta de recomendación.

Pues bien, si Fer ocupa el dudoso honor de ser el único estudiante de Medicina que ha superado mi rocambolesco filtro (y utilizo la palabra rocambolesco en su acepción de inverosímil, irreal, ilusorio e imaginario) es por un motivo, y sólo uno. ¿Cuál era Fer? ¿Cuál habíamos dicho que era? Ah, sí. Ser excepcional, vamos, ser raro.

La primera vez que entré en su cuarto y vi sus apuntes de Oftalmología sobre la mesa, sentí que estaba invadiendo su intimidad, como si la visualización de su lugar de estudio fuera algo demasiado… personal. Dado que yo nunca estudio en bibliotecas, jamás había visto empollar a otro pre-médico, y era algo que no me imaginaba que pudiera tener cabida en Fer. Para mí Fer era sexy y punto; no chapaba, aprobaba por ciencia infusa; y si le consultaba una duda en clase, no me le imaginaba leyendo el Prometheus para conocer la respuesta, sino que la sabía porque era listo. Sexy y listo. Pero aquel día vi sus esquemitas, los colores que utilizaba para subrayar, cómo tenía organizada la estantería, y no sé, le admiré profundamente. Quiero decir, siempre le he admirado, pero de una manera distinta, algo así como un endiosamiento. Y me gustó sentirle humano, demasiado humano como diría Nietzsche, porque bajarle de su pedestal pudo haberle restado morbo, pero no, descubrí que compartíamos algo que no entiende nadie fuera de este fango.

Y hoy me ha vuelto a ocurrir. Surcando el mar de nieve, ansiedad y agonía que recubría la calle del Calvario, pensando en el puto examen de Neuro y en el puto Prometheus, ha aparecido Fer con sus ojeras, y sus ojeras me han hablado y me han dicho: estamos juntos en esto.

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