Día D

Ciertos miembros del Triángulo en Bermudas han acordado que hoy es el día D. En palabras de Gonzalo: “Hay dos fechas de las que estaba pendiente este mes, una es hoy y otra es el día 30”. Veremos qué tal se nos da el viernes, de momento parece que hoy hemos salido airosos.

Sí, yo también esperaba un post más largo, ¿qué os creéis, que no lo sé? Dadme tiempo, tengo que ordenar mis ideas. Menos mal que dentro de poco vuelvo a mi querida Bratislava. Lo mejor de este año es que es como vivir una vida ficticia. “Debería reflexionar y tomar una decisión pero total… dentro de dos semanas ni siquiera estaré aquí”.

Así que sólo me queda una opción. ¡Disfrutar!

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Prometheus, Vol. III

¿Quién sino Fernando? ¿Quién iba a ser el único compañero de mi clase dispuesto a prestarme este libro sino Fernando? ¿Quién iba a hacerme ir a buscarlo hasta la puerta de su santa casa en un barrio perdido por el extrarradio del Escorial sino Fernando?

En los seis años que llevo de carrera no me he tirado a ningún estudiante de Medicina. Salvo a él.

Y no por la chorrada esa de “si te follas a alguien de tu clase… en menudo percal te metes… porque le tienes que ver todos los días y…”. No. De hecho es divertido encontrarme con él en las taquillas y bromear acerca de las últimas conquistas. Adivinad quién me habló por primera vez de Adoptauntio. Pues quién va a ser, si aquí estamos tanto para descargar aplicaciones chorra como para hacer contrabando de apuntes, práctica habitual entre los estudiantes de Medicina, pues ayudar al prójimo (tu paciente) sí, pero al prójimo que compite contigo por tu plaza en el MIR… eso ya no. Que vale, no me puedo quejar porque yo sólo me he currado los apuntes de una asignatura, pero todo tercero de Medicina los tuvo. ¿Os acordáis de Farma, queridos? Sí, ¿verdad? Yo también.

En fin, que me lío, que ¡yo he venido aquí a hablar de mi libro, el Prometheus!
Prometheus en mano y pudiendo ya prestar atención a algo que no fuera la adquisición del mismo, miro a Fer de arriba a abajo y le digo: “¿Pero ahora de qué vas, de hipster?”.
“No, de leñador canadiense”. Por la barba lo decía. Menuda barba, macho. ¿Será postiza? Que no Fer, que ya paro, te lo juro. Voy a tratar de escribir el resto de la entrada como para que puedas sentirte orgulloso de ella. Como para que puedas pegar el enlace en tu perfil de Adoptauntio, en plan carta de recomendación.

Pues bien, si Fer ocupa el dudoso honor de ser el único estudiante de Medicina que ha superado mi rocambolesco filtro (y utilizo la palabra rocambolesco en su acepción de inverosímil, irreal, ilusorio e imaginario) es por un motivo, y sólo uno. ¿Cuál era Fer? ¿Cuál habíamos dicho que era? Ah, sí. Ser excepcional, vamos, ser raro.

La primera vez que entré en su cuarto y vi sus apuntes de Oftalmología sobre la mesa, sentí que estaba invadiendo su intimidad, como si la visualización de su lugar de estudio fuera algo demasiado… personal. Dado que yo nunca estudio en bibliotecas, jamás había visto empollar a otro pre-médico, y era algo que no me imaginaba que pudiera tener cabida en Fer. Para mí Fer era sexy y punto; no chapaba, aprobaba por ciencia infusa; y si le consultaba una duda en clase, no me le imaginaba leyendo el Prometheus para conocer la respuesta, sino que la sabía porque era listo. Sexy y listo. Pero aquel día vi sus esquemitas, los colores que utilizaba para subrayar, cómo tenía organizada la estantería, y no sé, le admiré profundamente. Quiero decir, siempre le he admirado, pero de una manera distinta, algo así como un endiosamiento. Y me gustó sentirle humano, demasiado humano como diría Nietzsche, porque bajarle de su pedestal pudo haberle restado morbo, pero no, descubrí que compartíamos algo que no entiende nadie fuera de este fango.

Y hoy me ha vuelto a ocurrir. Surcando el mar de nieve, ansiedad y agonía que recubría la calle del Calvario, pensando en el puto examen de Neuro y en el puto Prometheus, ha aparecido Fer con sus ojeras, y sus ojeras me han hablado y me han dicho: estamos juntos en esto.

¿Por qué triángulos habiendo hexágonos?

Lo que comenzó siendo una degustación de las deliciosas abóndigas suecas de Miguel, terminó en una fusión hexagonal al más puro estilo “de la casa de Presley no nos moverán”.

El día que conocí a Guille y a Laura no estaba yo muy receptiva. “Venimos de la GOA” me dijeron, a lo que mis prejuicios y yo reaccionamos con un “bufff qué pereza de gente”. Pues aquí tenéis una prueba más de lo estúpido que es juzgar sin conocer. Ayer me dolía la tripa de tanto reírme y eso que fui la única abstemia, pues como droga sólo necesito el amor que emana del Triángulo en bermudas. ¡Olé!

Y es que anoche hubo cabida para todo. ¿Que les gusta la música electrónica? Pues pongo música electrónica: sé de buena tinta que el Discovery de Daft Punk triunfa allá donde suena. ¿Que hay que bailar reggaeton con la versión travestida de Miguel? Pues al lío, hasta que se empalme y acabemos haciendo petting en su sofá. ¿Que Antonio Machado quiere unirse? Sin problema, le homenajeamos con un recital de su poema “Las Encinas”.

Clau: “¿Cuándo vas a casarte conmigo?”
Luisma: “Cuando me compres un anillo de diamantes”
Clau: “Te doy los diamantes de mi alma”
Luisma: “No, porque tú tienes diamantes locos, Shine on You Crazy Diamond”

Vanesa y Adrián.

Recostadas entre los cojines del Areia, aun rodeadas de multitud, sólo existíamos ella y yo. Ajenas al mundo, ese mundo que murmuraba tan cerca, sólo existíamos ella y yo. Nos miraban de soslayo cuando acariciaba sus rodillas, sólo existíamos ella y yo. Y Adrián, porque le llamó por teléfono ella y no yo.

Se le escuchaba tenso. Desconfiaba. “¡Que me roban a mi novia!”. Así que fuimos a su casa para aclarar la situación. Nos hizo la cena, puso la mesa… él no probó bocado. Al principio me sentía como una intrusa que de pronto había irrumpido en su noche romántica, una espía de sus conversaciones de pareja. Tenía que hacer un esfuerzo intelectual tremendo para intentar integrarme.

Cuando les vi palparse por primera vez, me asaltaron las dudas. Hasta ese momento me había sentido bastante tranquila, pero en la cama fui consciente de que aquello estaba tomando forma, de que pronto iba a dejar de ser una fantasía.

Besar su boca fue éxtasis, MDMA. Lo único que podía hacer al acercarme a sus labios, sin siquiera llegar a rozarlos, era morir de deseo. Haz conmigo lo que quieras porque estoy a tus pies, y tu novio me ayudará para que juntos podamos adorarte como semejante diosa merece.

A: “¿A qué sabe Vanesa?”
C: “A clase. A vicio. A diosa”

Nunca he conocido a un hombre que sepa relegarse a un segundo plano de esa manera, y que entre a escena en el momento preciso para ser el artífice de nuestros orgasmos.

Seis brazos no eran suficientes para abarcarnos, seis piernas nos ayudaban. Jugar a adivinar a quién pertenecía cada mano: “¿Quién me está tocando de esa manera? Eres un artista”.

Apenas recuerdo cómo conseguí llegar a mi casa. El estado de enajenación mental era tal que no acertaba a introducir la llave en la cerradura. No desaparecía, su sabor no desaparecía, todo mi ser estaba impregnado profundamente por ella, devastado por Vanesa.

¿Qué veríamos si no estuviésemos cegados por trivialidades?

Llevo casi una hora tratando de imaginar un comienzo para esta entrada, así que basta ya, sin rodeos: hoy he ido a hacerme las pruebas de ETS.

Inmediatamente tu cerebro ha comenzado a juzgarme, ¿verdad? Me la suda. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Resultados: todo negativo.

Pero lo que quería contar no era esto, ha sido sólo una pequeña aclaración para que dejes de preguntarte si tengo VIH. No, no lo tengo. Venía a reflexionar acerca de lo mucho que me ha impresionado la actitud de mi médico. Destacaría la manera en la que ha preguntado, con voz suave: “¿Alguna vez te ha ocurrido que hayas tenido relaciones sexuales sin preservativo?”

A ver, a ver, a ver. ¿Por qué el médico se sentía en la obligación de intentar ser comprensivo conmigo? Si hubiera tenido relaciones sexuales sin preservativo, ¿merecería su compasión? Estamos demasiado agilipollados, ¿no creéis? Es decir, vale, me parece más o menos aceptable hacer el capullo jugando con Tinder, pero no con nuestra salud. De ahí que me pregunte el grado de clemencia que merece el angelito que se niega a forrar su polla con plástico y acude a realizarse este análisis pagado por la Seguridad Social. Y todavía el médico ha de mostrar misericordia y suavizar sus preguntas con un “te ha ocurrido que…?”, en plan “que no es que seas tú la culpable de ir por ahí dejando que te follen a pelo, no, no quiero decir eso, ¡Dios me libre de ser estricto contigo y de mostrarte la realidad tal cual es!”.

Una cura de humildad. Una dosis urgente de realismo. Una hostia en la cara. Eso es lo que necesitamos. De vez en cuando eh, tampoco vamos a ponernos ahora estalinistas, pero ¿no os parece que a veces exigimos que se nos tenga viviendo entre algodones?

En fin, no sé si me habré pasado. Pensar distinto es peligroso, decirlo en alto es ya una temeridad. Y dejarlo escrito… ni os cuento.

Triángulo en bermudas.

Únete a nosotros. Estamos en pleno proceso de expansión. Aprovecha, que los vértices se acaban.

Somos unos yonkies de la actividad cerebral.

Insaciables. La eterna búsqueda de lo bizarro.

Pero tranquilo, también tenemos virtudes. Por ejemplo, estamos perfectamente capacitados para dejarte tirado en Barajas a las tres de la mañana, maleta en mano, para que te busques la vida y aprendas que es duro pertenecer a esta secta.

Únete. Te necesitamos. Te necesitamos para que hagas de chófer mientras Gon se la chupa a su novio en la parte de atrás del coche. Te necesitamos para poner en práctica nuestras crecientes habilidades como psicoterapeutas. Te necesitamos para no dejarte dormir porque requerimos todas las horas del día para exprimir hasta la última gota de tu paciencia.

Al fin y al cabo, ¿qué puedes perder? Bienvenido al Triángulo en bermudas.