¿Vacaciones?

¿Cómo se le podría llamar a esto? ¿Vacaciones de las vacaciones? ¿Vacaciones del Erasmus?

Definitivamente no quería volver. No, no y no. Hoy ha sido la primera vez que he experimentado la sensación de estar en un avión en contra de mi voluntad (yo que siempre disfruto tanto del momento de despegar…). Y no entiendo al resto de los Erasmus que sí que querían volver a casa (no hay ni uno que me haya dicho lo contrario). Y qué penosa me parece toda esa parafernalia de facturar una maleta para volver a tu casa (¡la casa que tienes llena de ropa y de todo lo que necesitas!) para llevar la misma mierda que vas a traer de vuelta, y ya de paso comida española, que si jamón, que si embutido… Dios mío pero hasta dónde puede llegar la estupidez humana, yo creo que no podríamos embarcarla ni en todas las maletas de todos los Erasmus.

Aterrizar. Ver a mi padre con el mítico cartel (me lo esperaba, y lo deseaba con todas mis fuerzas, si no hubiera habido cartelito no sería ese mi padre). Después a mi madre y a mis hermanos. Qué raro todo, miraba esta casa y sentía que no pertenecía a ella. Me ha sorprendido ver que mis deportivas seguían en el mismo estante del armario. En mi habitación continúan mis post-it, mis dibujos, mi póster de Pink Floyd. ¿Cómo puede ser entonces que no sienta esta habitación como mía? Esta no es mi casa, mi casa es la de Bratislava.

Y este ha sido el final de la primera mitad del Erasmus. Desglosado día a día:

Viernes. Terminamos el último examen con una “A” más para la colección, fusilando de Wikipedia, como era menester. A las tres de la tarde ya estábamos brindando para celebrarlo. Celebración que culminó en un piercing (qué mítico por favor, qué mítico, y una vez más qué estúpido es el ser humano, sobre todo yo). Cuando la cantidad de alcohol en sangre fue mermando, pusimos rumbo a Druzba, donde una vez más me arropó la hospitalidad de Laura y Rafa, pues me prestaron desde su ducha hasta la toalla del otomano, pasando por ropa interior de un blanco puritano muy adorable, como su dueña. A media noche me arrastraron al KC Dunaj, a mí, que llevaba queriendo irme a mi casa desde hacía cinco horas, a mí, que estaba sobreviviendo al sueño a base de café para intentar absorber todos los conocimientos posibles de Infecciosas durante los cinco minutos previos al examen, a mí, que iba en chándal, a mí y a mis ojeras-ojeras-ojeras-farloperas. Pues bien, quedaré una vez más como una puta friki pero me da igual: en mi opinión, la noche acabó en ese momento. Todo lo que quedaba hasta las ocho de la mañana no fue nada más que hacer el capullo, y ohhh sí… qué guay soy trasnochando tanto… ¡Pues no! Lo que hicimos esa noche, estar como unos gilipollas mirando la vida pasar entre cervezas, lo podríamos haber hecho igual a las cuatro de la tarde. ¿Por qué hay que hacerlo a las cuatro de la mañana?

Sábado. Pues bien, me acosté a las ocho de la mañana, habiéndome quedado ronca para mi desgracia, porque esa misma tarde tenía ensayo, y si me quedo ronca a base de gritos orgásmicos pues bueno, todavía me lo puedo perdonar, pero si es por estar haciendo el CAPULLO hablando a gritos en un garito… no.
Después del ensayo, que terminó con una versión metalera de “Last Christmas I gave you my heart” para rendir homenaje a estas fechas, fuimos a ver un concierto de punk eslovaco. También vino César. Por fin, el condenado y escurridizo César. Quise echarle de mi piso a una hora prudencial pero no se fue, y me fastidia porque de verdad que necesitaba dormir. De fondo sonaba Led Zeppelin.

Domingo. Nos despertamos a las siete de la mañana por la luz. Y después a las ocho. Y a las nueve. Y a las diez. Y a las once. Y a las doce. Y al final terminé metiendo cuatro cosas en una mochila y dejando mi casa hecha un desastre, casi pierdo el avión. Odio eso en mí, tendré que ponerlo en mi lista de propósitos para el 2015. Mi cerebro está roto, necesito solucionar mi eterna impuntualidad, y no sé cómo conseguirlo.

Lunes. Tres y media de la mañana. Morfeo me llama.

¿Nos bailamos unos bailables?

Esta semana nos toca rotar por Infecciosas y no podía faltar la típica foto de postureo médico. Odio las selfies y crucifico a todo aquel que se las hace, sobre todo las de postureo-quirófano, postureo-fonendo, postureo-biblioteca y todo aquel postureo en que los estudiantes de Medicina presumen de ser tal cosa. Pero oye, al final le terminé pidiendo a Rafa que me la mandara para reenviársela a mis padres bajo el título “mirad, estoy yendo a clase”.

Fichad lo guapos que son mis griegos. Cuando suena el despertador a las frías e intempestivas siete de la mañana y levanto la persiana para comprobar que la niebla jamás desaparece, pienso “bueno, pero ¿a quién toca ver hoyyy? ¡A los griegos!”.

De todas formas, en medio de este jolgorio medicinal, también hay momentos de gran sufrimiento, dado que se me han juntado todos los exámenes en esta última semana antes de Navidad. Cuando hubo que elegir las fechas, tonta de mí, pensé en ponerlos todos ahora porque 1- Me habían dicho que no había que estudiar (lo cual es MENTIRA, y a quien me diga lo contrario lo crucifico más que si se hubiera hecho una selfie); y 2- Pensaba que sentir cerca la vuelta a casa sería una motivación tremenda para sentar el culo en la biblioteca. Pero no, ¡no quiero volver! Estoy deseando tener cerca a mis hermanos pero llegar a esa fecha querrá decir que ya llevo consumida la mitad del Erasmus. No puede ser, Dios mío, me queda demasiado por hacer, demasiado por viajar, demasiados libros por leer, demasiadas óperas por ver, demasiado todo-lo-que-no-podré-hacer-cuando-llegue-el-MIR.

Me despido con este recuerdo del día en que corrimos la maratón para protestar por no sé qué historias de los médicos eslovacos. No salimos muy favorecidas pero quiero que cuando relea mi blog me acuerde del momento en que, ocupando el último lugar del pelotón, pensé “me estoy cansando demasiado y esta tarde creo que voy a follar”. Aunque todos sabemos que para eso siempre se acaban sacando fuerzas.

Esta noche, en mi obstinado empeño por cenar comida caducada, me aguarda una merluza que, aunque me hubiera acordado de cocinarla ayer, habría acarreado terribles consecuencias. Veremos qué tal hoy. ¿Estamos a martes, no?

Ella.

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Ángela. Án-ge-la. Bajaste al portal con el abrigo puesto, “vamos a comprar ron”. Ni hablar, pensé, ni una gota de alcohol enturbiará mi mente esta noche, quiero vivirla tal cual es.

Todo parecía tan fácil, tan simple, tan nuevo y tan único. ¿Y después? Sentimientos contrapuestos. Por una parte te quería libre, nos quería libres, nunca nadie ha conseguido ponernos cadenas. Pero por otra, te quería mía, quería raptarte, si pensaba en compartirte me moría de celos.

¿Y cómo acabó todo? No lo sé… ¿acaso ha terminado? Te veo dentro de diecisiete días.

Praga

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Paseando por el Puente de Carlos, sobre el río Moldavia, me topé con el Cosario, bajo el chopo del Elíseo. El momento fue inmortalizado por la gran, la increíble, la encantadora, y que además está buenísima, Valle Sánchez Brunete.