Yo me debo a mi público.

Y por eso, dado que hoy no hay mucho material sobre la vida bratislaveña, os voy a contar cómo elegimos el nombre de mi ex-grupo de heavy metal.

Era una tarde de abril, con viento de primavera, el tiempo acuciaba pues, aun no teniendo absolutamente ningún bolo a la vista, necesitábamos sentir que éramos ya una banda de metal en toda regla, con su local de ensayo metalero, sus camisetas metaleras y por supuesto su nombre metalero. Los intentos previos de bautizar nuestra formación habían resultado en fracasos estrepitosos, véase: ir de cañas a la salida de un ensayo y dedicarnos a fichar todo lo que había a nuestro alrededor para ver si con ello podíamos inventar un nombre. Me hace gracia recordar cómo Ángel, examinando el extintor de incendios del garito, decía: “nos podríamos llamar No Exit, o Fire Zone”. Robledo opinaba: “nos podríamos llamar Saga”, a lo que yo contestaba: “yo soy la cantante, soy la que va a tener el micrófono en los conciertos, y me niego a decir que nos llamamos Saga”. Robledo: “bueno, pues Daga”

Como he dicho, el tiempo se nos echaba encima, así que Robledo creó una encuesta que posteriormente sería manipulada, y que duró desde aquel día hasta ahora (yo, al menos, sigo ignorando el nombre de esa banda). Dicha encuesta consistía en sugerir cada uno cuatro nombres. Ya que soy fiel partidaria de tomarse la vida como un juego y aquello parecía que empezaba a ponerse serio, contraataqué con las siguientes propuestas:
– Injerto
– Escaleras infernales
– Gordo en el diván 2
– Gordo en el diván, versión extendida

“Gordo en el diván, versión extendida” era mi apuesta fuerte. Me hacía gracia el doble sentido de un gordo extendido horizontalmente. Ninguno de mis nombres salió victorioso, pues Robledo utilizó su influencia de líder de la banda y frustrado frontman para que casi llegáramos a llamarnos como él quería. Y digo casi porque insisto en que a día de hoy siguen sin nombre, y yo a miles de kilómetros de todos ellos. Un buen día cometí el error de contarles que me habían concedido la beca Erasmus, momento en el cual decidieron, sin comentármelo siquiera, emprender la busca (de Pío Baroja) de un cantante que me sustituyera. Una vez lo encontraron, simplemente dejaron de avisarme de cuándo iba a ser el siguiente ensayo.

Y este, querido público, fue mi debut en el mundillo de las bandas de aficionados. Sólo añadir que sigo manteniendo el contacto con todos ellos, sobre todo con el responsable de mi exilio. Porque la vida es un juego y, como en todos los juegos, tenemos un plan que hemos de estar dispuestos a cambiar en función de cómo varíen las condiciones externas. Así que ahora tengo dos bandas, llenitas de eslovacos. ¿Quién me lo iba a decir hace un año?

Se llama Luisma. Su adorabilidad es extrema.

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Clau: ¿De qué estábamos hablando?
Luisma: De la felicidad.
Clau: No, de la condición humana.
Luisma: Ah, sí. Es que son temas tan sencillos de tratar, ¿verdad? Y sobre los que tenemos tanto conocimiento…

Escribir una entrada acerca de ti, Luisma, me da hasta vértigo. No sé encontrar las palabras. Cuando he visto tu habitación por Skype me han entrado ganas de llorar, se me sigue haciendo raro que nos separen tantos kilómetros. La última vez que estuvimos allí el triángulo al completo fue en el cumpleaños de Gon, la premisa perfecta para organizar todo lo que íbamos a hacer este verano: en nuestra línea, planes que luego no se cumplirían porque saldrían otros nuevos.

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Así ha transcurrido la conversación (Wi-Fi de lujo): a trompicones, con el ansia de darle al botón de llamar para volver a ver tu carita. Tu sonrisa. Es curioso cómo seguimos y seguimos buscándonos, “dándole al botón de llamar”, nadie nos obliga a ello, y sin embargo llevamos así desde los años dorados del Coro de Niños de la Comunidad de Madrid. Cuadrando las fechas de este verano para poder volver a Madrid un día antes y verte, o marcharte tú un día después y estar juntos esa noche. Siempre haciendo malabarismos para poder coincidir, porque a las ganas hay que sumarle nuestra eterna pachorra, el no mirar jamás los whatsapp, o mirarlos pero contestar al día siguiente, la semana siguiente, el mes siguiente. “¿Cuánto tiempo llevas ya en Bratislava?” “Un mes” “¿Un mes? Esto tiene que cambiar, vamos a proponernos un Skype cada semana”. Hoy me ha preguntado un compañero qué iba a hacer esta tarde. Le he contestado que tenía cita con mi psicólogo.

Clau: ¿Qué es lo que ocurre cuando estamos los tres juntos? ¿Qué es esta sensación?
Luisma: No lo sé. Hay sparkles.

Viaje al centro de Eslovaquia

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Banská Stiavnica, Banská Bystrica y Zvolen. Ahorrémonos los detalles turísticos y pasemos directamente a los highlights del viaje. Si no estáis conformes con mi versión, podéis leer la de Valle en su inexistente blog: http://www.informacionturisticautilmadeinValle.wordpress.com

Dado que el viernes había que madrugar para asistir a la mejor práctica de Medicina Interna de mi vida (llegar a las 8.30 y que a las 8.40 me dejaran marcharme), decidimos trasnochar el jueves. ¿Viendo la derrota de España frente a Eslovaquia? No, yendo a un concierto en primera fila (tarea fácil: en total éramos quince personas).

A las 9.30 ya estaba de nuevo abrazada a mi almohada, apurando al máximo el despertador para poder dormir cuatro horas. Llegué a la parada de tram justo a tiempo para recibir la devastadora noticia de que Félix se había rajado. Tras esto, las cosas ya sólo podían ir a mejor, así que nos montamos en un autobús de tres horas en el que si no habías hecho cola (y nosotros desde luego no la habíamos hecho) te tocaba ir de pie todo el viaje, como podéis ver aquí con Valle posando para vosotros:
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Es curioso, lo que más recuerdo de este viaje son los trenes y los autobuses. Quizá sea porque eran los gloriosos momentos en los que por fin podía SENTARME. Bueno, y alguna sentadita ocasional en: piedras, escaleras, arcenes, plazas, castillos, museos, puntos de información turística mientras Rafa preguntaba… ¡Qué mejor guardián para las mochilas que Claudia y su manzana! Aquí la prueba (los bártulos a la derecha):
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Aprovechábamos, como es menester, la más mínima oportunidad para entablar conversaciones con desconocidos, ya fuera para enseñarles canciones de la Misa del Gallo, para hacer el reclamo de la perdiz en medio del vagón, para conocer a un alemán que llevaba su propia silla en el tren (en Eslovaquia el pagar un ticket no te asegura que vayas a tener asiento), o para ir corriendo tras el primer vagabundo que nos gritaba “follow me, I know where is the train station!” con Rafa gritando por detrás “¡a mí este hombre me da miedo!”

Ahora tenemos cuatro días para descansar faltando a clase, porque el viernes nos vamos a Cracovia. Me despido con este vídeo, fiel reflejo de la risa floja que nos acompañó durante todo el viaje:

De esto que estás viendo porno en el ordenador y te llama tu madre por Skype.

Buenos días amanecidos a las diecisiete treinta, justo a tiempo para no perderme el atardecer. El siguiente relato acerca de “lo que ocurrió en el 841 04 de Bratislava” es real, y si es real es que es falso. Todo son mentiras. Pero mentiras entretenidas. Y al final, ¿no está ahí la auténtica verdad? La respuesta es no.

Ahora viene el emocionante momento de romper la incertidumbre. Pero también podría no hacerlo. Desatar los cordones de sus zapatillas es un preámbulo que debería durar eternamente. Y así lo voy a dejar escrito, nada más que añadir, porque si no le descalzo todavía me quedan infinitas opciones, aún puedo decidir qué hacer a continuación.

Sweet home Bratislava

Merece la pena publicar esta entrada aunque sólo sea por el proceso mental que se desencadena al intentar imaginar un buen comienzo. El trampolín lo puso ayer Felix Weise enseñándome su blog: sorprendente cómo de entre todos los diseños que podían elegirse habíamos coincidido en el mismo. También ayudó Valle, al decirme que había vuelto a pasarse por aquí y no había encontrado nada nuevo. Ya pertenezco a esa odiosa estirpe de gente que envía enlaces de su blog a tutiplén: “leedme, leedme, ¡miradme!, ¡hacedme caso!”. Me pregunto si fueron esas ansias de protagonismo las que me impulsaron a presentarme a las audiciones de tres grupos de Bratislava que buscaban cantante. Lo que yo no sabía es que me iban a coger. Y ahora me veo dedicando mi domingo a escuchar por enésima vez Smoke on the water, pues mi cerebro parece que no memoriza la letra más que en forma de tejido adiposo.

Viajemos una semana atrás en el tiempo: a Viena con Cristina. ¡Con qué rapidez regresamos al familiar campo de fuerzas de otra persona! Es como los peculiares recuerdos que tenemos en los sueños, donde la familiaridad del paisaje nos recuerda que ya hemos visitado ese escenario en sueños anteriores. Con Cris ocurre lo mismo: un rato en su compañía y me encuentro en un estado típicamente inducido por ella.

Cris: ¿Has ido a alguna clase esta semana?
Clau: Sí, creo que a una de Infectología. No, espera, ¿cómo se llama en España? ¿Enfermedades Infecciosas?
Cris: Pero eso qué es, ¿otra actividad para Erasmus?

Clau: Hay un chico en la resi que tiene un pedazo de paquete… ¡Y es guapísimo!
Cris: Bah ¡pero si no sabes ni cómo es su cara!

Me marcho a cocinar lentejas para el regimiento Valle-Félix-Laura, que hoy han madrugado para ir a hacer senderismo. Qué valor, después de lo cansada que fue la noche de ayer recolectando números de teléfono para engrosar la agenda de polvos infructuosos (polvos que nunca llegaron a serlo). Lo dicho, ya está el agua hirviendo.